Nas caminaba junto a Oshlo por el patio trasero, sintiendo que cada paso la alejaba más de la seguridad de su hogar. Avanzaba con calma, como si estuviera dando un paseo cualquiera, mientras luchaba por contener el temblor de sus manos. Su madre seguía arriba, dormida, ignorando por completo el peligro que acababa de atravesar la puerta de su casa. —Más rápido —ordenó Oshlo sin mirarla. Nas apretó los dientes. No quería ir con él. Pero tampoco podía arriesgar la vida de su familia. Cuando estaban a pocos metros de la cerca trasera, un sonido seco rompió el silencio. ¡Bang! Oshlo se quedó inmóvil. Por una fracción de segundo pareció confundido, luego bajó la vista hacia su abdomen y notó la sangre que comenzó a extenderse sobre su camisa. Cayó de rodillas. Nas soltó un grito ahogado. Antes de que pudiera reaccionar, una figura emergió entre los árboles cercanos. —¡Nas! Reconocería esa voz en cualquier lugar. —¡Teo!, Gracias, gracias. El hombre corrió hac
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