Estoy en mi cama leyendo un libro, esperando que Ángel no suba, ya que no quiero hablar con él. Sé que no debería sentirme así, pero es imposible. Pero, al final, llegó lo que tanto temía: la puerta se abre, dejándome ver a Ángel.—Hola —este entra con una mirada sigilosa.—Hola, ¿necesitas algo? —digo, prestándole atención a mi libro, pero en realidad solo estoy nerviosa y no lo quiero ver.—Puedes verme —levanto la cabeza y cierro el libro—. Quiero disculparme contigo por lo que viste, no esperé que fueras a entrar sin tocar y...—Señor Russo, usted no me tiene que dar ninguna explicación, yo solo soy una empleada de esta casa. Antes yo me debo disculpar por entrar de esa forma.—No digas eso —dice algo molesto.—Es la verdad, es lo que usted siempre dice —lo dejo de mirar y sigo con mi lectura, pero en realidad ni siquiera estoy leyendo. Escucho cómo suelta un suspiro y, antes de irse, me habla.—Mañana, después de clases, empiezas a trabajar en el hotel. Trata de ir formal.—Está
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