Estoy en mi cama leyendo un libro, esperando que Ángel no suba, ya que no quiero hablar con él. Sé que no debería sentirme así, pero es imposible. Pero, al final, llegó lo que tanto temía: la puerta se abre, dejándome ver a Ángel.
—Hola —este entra con una mirada sigilosa.
—Hola, ¿necesitas algo? —digo, prestándole atención a mi libro, pero en realidad solo estoy nerviosa y no lo quiero ver.
—Puedes verme —levanto la cabeza y cierro el libro—. Quiero disculparme contigo por lo que viste, no espe