Mundo ficciónIniciar sesión
El despertador comienza a sonar, lo que me indica que me debo parar así no quiera para iniciar mi jornada laboral. Los negocios no se hacen solos y mis hoteles me requieren. Entro a la ducha, me doy un baño rápido y en menos de media hora ya estoy listo, desayunando en el comedor de mi lujosa mansión.
—Buenos días, señor Russo, aquí tiene su café.
—Buenos días, Carla. —Carla es la ama de llaves de la casa, ella tiene unos 40 años y es la única persona que es de bajo estatus a la que le tengo cariño; de resto, todos me parecen repugnantes.
—Señor, hoy llega la nueva muchacha del servicio, ¿usted la recibe o lo hago yo?
—Sabes que no me gusta lidiar con el servicio, así que encárgate tú de eso.
—Deja de hablar de esa forma, niño Ángel. —Joder, hace rato no me decía así.
—Te lo paso porque eres la única persona que quiero. —Dejo un beso en su mejilla y luego me voy al hotel.
Cuando llego, todos me saludan con respeto y mi secretaria, Loretta, me recibe con una corta minifalda y un escote que hace que se desconcentre cualquiera.
—Señor Russo, el señor Montes está en su oficina. —Condenado de Massimo, le dije que no entrara a mi oficina sin permiso.
—Gracias, Loretta. —Entro a la oficina y ahí lo veo tomándose mi whisky.
—Ya deja de tomarte mi whisky. —Massimo se voltea y me regala una sonrisa.
—Hey, pero qué genio te gastas hoy, ¿qué pasa, ayer no follaste?
—Yo siempre follo.
—¿Qué te parece si hoy vamos al bar de siempre? Hay mujeres bonitas.
—Está bien. —En ese momento, Loretta aparece.
—Señor, la señora Rita quiere verlo. —¿Quién es esa?
—¿Quién es Rita?
—La señora del aseo dice que tiene que hablar con usted. —Joder, cuánto me caga hablar con esta gente así.
—Dile que no estoy. —Massimo me mira con reproche.
—Hey, es tu empleada, deberías atenderla, debe ser algo importante.
—Está bien, hazla pasar.
La señora entró a mi oficina pidiendo un aumento de sueldo, contándome su situación económica, así que, para que me dejara de joder la vida con sus absurdas historias de pobre, decidí darle el aumento y así se iba.
Más tarde, Massimo pasa por mi oficina con todo listo.
—Listo para irnos.
—Más que listo.
Despierto en una habitación que sé que no es la mía y, cuando miro a mi lado, hay una preciosa morena desnuda. Bueno, la noche estuvo buena, pero debo irme, así que me paro lentamente sin hacer mucho ruido.
—¿A dónde vas? —Mierda, se despertó.
—Debo irme, linda, pero la pasé genial.
—Yo también, llámame cuando quieras divertirte.
—Así será. —Sí, cómo no, ya fuiste, querida. Me despido de ella y luego manejo hasta mi casa. Al llegar, me doy un baño para bajar a desayunar, pero me doy cuenta de que hay risas en la cocina, así que me lleno de curiosidad por saber de quién es la otra risa, ya que una es de Carla.
—Ay, querida, tú y yo vamos a trabajar muy bien. —Veo que Carla está con una joven, pero no la puedo ver bien porque está de espaldas, pero hay que reconocer que tiene buen cuerpo y una larga cabellera rubia. Carraspeo la garganta, llamando la atención de ambas.
—Señor Russo, buenos días. —Saluda Carla, pero yo estoy esperando a que la chica desconocida se dé la vuelta, hasta que lo hace, y al hacerlo me quedé impactado con su belleza.
—Mucho gusto, señor Russo, yo soy Alessia Conte, la nueva chica del servicio. —¡Joder! Tenía que ser la mucama. Esta estira su mano, pero yo no se la recibo.
—No recibo la mano de nadie. —Cuando le digo eso, la cara de esta se desfigura por completo, pero no dice nada, solo la retira—. Me imagino que ya la señora Carla le dijo cómo funcionaba la casa.
—Sí, señor.
—Bien, perfecto. Carla, ¿tiene mi desayuno?
—Sí, señor, ya está servido.
ALESSIA CONTE
Es un maldito grosero, ¿qué se ha creído? Se cree superior solo porque tiene mucho dinero, maldito engreído. Juro que, si no necesitara el trabajo, ya le hubiera cantado sus verdades por grosero, pero la madre superiora me consiguió este trabajo con mucho esfuerzo.
Soy huérfana desde muy pequeña, así que me crie en un orfanato, pero como ya estoy grande, no me dejaron quedar más ahí, así que las hermanas me buscaron un trabajo y un lugar donde vivir, aunque trabajando aquí no tendré por qué preocuparme por hogar.
—Veo que el señor Russo es un poco idiota. —Cuando digo eso, la señora se ríe.
—Ni se te ocurra decir eso delante de él, el señor Russo tiene su personalidad.
—Es un idiota. —En esas escuchamos que él llama, así que Carla me hace una seña para que vaya a ver qué quiere. Salgo de la cocina y camino al comedor—. ¿Desea algo, señor Russo? —Este se queda observándome por varios segundos, hasta que llega al punto de hacerme sentir incómoda, pero luego responde.
—A esto le hace falta azúcar —dice señalando el café.
—Ya mismo le traigo el azúcar, señor. —Voy a la cocina bastante enojada, tomo el jodido azúcar y se la llevo—. Aquí tiene, señor.
—Retírese. —Maldito grosero. Al llegar a la cocina le doy un golpe al lavabo.
—Tranquila, querida, te vas a lastimar.
—Es que no entiendo cómo lo aguantas, Carol, es un maldito.
—Sí, el señor Russo puede ser una patada en el culo, pero cuando lo conoces bien, te das cuenta de que es buena persona. —Suelto un suspiro.
—No creo, pero bueno. —Paso todo el día arreglando algunas cosas y ya en la noche decido ir a darme un baño y descansar, ya que estoy muerta, pero antes de irme me llevo la sorpresa de ver al señor Russo con una morena dándose besos bien fogosos mientras suben por las escaleras. Ya me imagino a lo que van, pero soy tan estúpida que hago un ruido, haciendo que ambos amantes se separen.
—¿Qué hace ahí parada, señorita Conte? —Joder, está enojado.
—Es que ya iba para mi habitación, señor Russo.
—Vamos, nene, no le prestes atención a esta criada. —¿Criada? ¿En serio? Jodida m****a.
—Largo —me grita el señor Russo, y luego vuelven a su beso fogoso.
—Maldito, Dios, dame fuerzas para aguantar.
A la mañana siguiente me despierto temprano, me doy una ducha y me coloco mi uniforme. Llego a la cocina y, como Carol no está, me toca preparar el desayuno del señor Russo. Me coloco a picar unas cosas, pero la voz del señor Russo me asusta, haciendo que me corte la mano.
-Buenos días
—¡Joder! —Tomo mi mano al ver que tengo sangre y de inmediato veo al señor Russo a mi lado.
—¿Qué pasó?
—Me corté porque usted me asustó. —Este toma un trapo y toma mi mano, envolviéndola en el trapo.
—Hay que parar el sangrado. —Al tenerlo así de cerca puedo observarlo mejor y, sin duda, es un hombre muy guapo. Es inevitable no perderse en el verde de sus ojos o en sus labios gruesos. Cuando levanto la vista a sus ojos, puedo ver que este también me observa de una manera extraña y luego suelta mi mano bruscamente.
—Cúrese eso y espero que no vuelva a ser tan tonta en volverse a cortar. —Este sale de la cocina, dejándome a mí con ganas de matarlo, pero también con una sensación extraña.
—¿Qué fue todo eso…?







