La luz de la mañana se filtraba suavemente a través de los ventanales del dormitorio de Alexander, bañando la habitación en un tono dorado. Alexander Sterling, el hombre cuyo nombre hacía temblar las bolsas de valores, se encontraba de pie junto al ventanal, observando el despertar de la ciudad. Su perfil era impecable, tallado con una dureza que solo la ambición y la disciplina podían forjar. Sus ojos azules, profundos como el océano y gélidos para el resto del mundo, se suavizaron al posarse