Cuando todo terminó, Sofía se sentía como si hubiera estado bajo una tormenta: tenía el cabello pegado a la cara y se veía desarreglada.
—Alejandro, tú de verdad…
Ella se dejó envolver por los labios de Alejandro, que parecían invadirlo todo. Cuando él le quitó el aliento, sintió que su cerebro se quedaba sin oxígeno y esa sensación le impedía pensar, aunque todavía sentía con claridad la mano del hombre, grande y fuerte, apoyada en su cintura.
—Tú de verdad no…
—Hablamos cuando pase la fiesta d