Sofía no dijo nada más. Se volteó y se fue.
Diego apretó los puños, miró su espalda mientras se alejaba y se rio con amargura.
—Soy una basura, ¿no? Pero tú me amaste durante tres años.
Ella no se detuvo. Abrió la puerta, salió y la cerró de golpe.
El estruendo sonó como una cachetada.
Desde niño, Diego solo pensó en una cosa: ser el mejor.
En ser más inteligente, más fuerte y más exitoso que Alejandro.
Nunca se dio espacio para preocuparse por nadie más.
Y ahora que por fin le dedicaba tiempo y