—Oh, vamos, cariño —pidió Alessandro Bianco que, tras bajar de su auto, vio a su falsa esposa abrir la puerta del auto por sí misma—. ¿No me puedes permitir el lujo de ser caballeroso?
—No —respondió Roberta disfrazada, de nuevo, de Rebecca Morelli—, porque eso significaría otro puño de segundos escuchando a ese par, y mis nervios no se lo pueden permitir.
A tal comentario los dos hombres que la escuchaba, tanto Alessandro abuelo como el nieto, terminaron sonriendo porque, desde que el anciano