—¡Suéltame, Diablo! —gruñó Sammy pero en medio de la penumbra solo pudo escuchar aquella risa suave.
—¡Primero muerto!
—¡Eso se puede arreglar, idiota!
—¡Oye, no me robes mis frases! —siseó Darío y alargó la mano para encender una pequeña lámpara que tenían cerca.
A la luz débil de la habitación