Los labios de Margaret temblaban, su voz no deseaba salir y sus oídos no querían escuchar la realidad de quien estuviese al otro lado de la línea. Pero respiró profundo para tomar valor y hablar de una vez.
—¿Quién habla? —respondió tajante.
—A que no adivinas… —dijo aún con esa voz tenebrosa que le ponía los pelos de punta.
—No estoy bromeando, ya dígame quien habla —exigió Margaret.
Margaret dejó escapar un suspiro de alivio y se apoyó contra la pared, con el teléfono todavía pegado a la or