Richard se despertó con el corazón apesadumbrado, un peso que lo oprimía como una niebla sofocante. La noche de insomnio lo había dejado inquieto, su mente consumida por los pensamientos de Margaret y Ben.
Al levantarse de la cama a tropezones, una incomodidad desconcertante se instaló en sus huesos, parecida a una resaca pero sin los placeres fugaces de la noche anterior.
Se duchó apresuradamente, el agua caliente no logró eliminar la inquietud que carcomía su alma. Richard se vistió apresura