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—Ya te dije que no, Luz. No insistas —digo sin voltear a ver a nuestra hija.

Supongo que se debate entre el llanto y la rabieta.

—Cariño, no va a pasarle nada —intercede mi marido—. La cuidaré bien.

—Ya sabes qué opino de esas cosas, Martín.

—Es solo una cabalgata. Conocemos a la yegua. Además, iremos todos juntos.

Recuerdo la mirada suplicante de mi hija tras la intervención de su padre. Él la secundó con esos ojos cuasi amarillentos que navegan entre la rareza y la belleza. ¿Qué más podía hacer? Tuve que aceptar y aferrarme a los cuadros que cuelgan de la pared. Capaz en la bondad de ellos calmaba mis nervios.

Quizás exagero, dije para mis adentros. Martín lleva años montando y nada le ha pasado. ¿Por qué hoy sería diferente?, traté de convencerme.

Fue diferente. Lo supe desde que le escuché la voz a mi esposo, aunque, francamente, había muy poco de él en ese timbre tembloroso y entre cortado.

Pensé, como quien se aferra a una última esperanza, que hubo alguna leve caída o un contratiempo. Algo que los hiciera llegar más tarde o que me hiciera enojar. Mas el instinto de madre me decía que las cosas no eran tan sencillas como creía. O como quería creer.

Lo confirmé cuando Martín partió en llanto y me dijo esas palabras que buen eco dejaron en mi conciencia…

—Perdona, cariño. Perdóname. Yo no quería que esto pasara.

—¿Qué pasó?

Mi voz ahogaba los sentimientos que en vida padecí. Había miedo y tristeza. Enojo con ellos por no haberme hecho caso, y conmigo misma por haberme dejado convencer. Había todo, pero el temor sobresalía.

—¿Qué pasó? —pregunté.

No estaba segura de querer conocer la respuesta.

—Nuestra niña sufrió un accidente… ya no se pudo hacer nada.

Dios es infinito en su inteligencia y sabiduría, pero cometió un pequeño error cuando creó el amor materno. Sabemos que estamos de paso por el mundo, que todo lo que hay a nuestros alrededores es prestado y que algún día lo devolveremos. Sin embargo, nadie nos dijo que eso también aplicaba para los hijos. A ellos los queremos más que a nosotros mismos, y no lo digo como un cumplido.

Estaba a punto de romper en llanto y desahogar mi dolor en la culpa de Martín, pues todos somos egoístas cuando lidiamos con nuestras penas, y en eso un grito de Rogelio me devolvió el aliento:

—¡Está viva, Martín! ¡Reaccionó!

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