Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo Seis – El Sueño que Dejé Atrás
POV de Sofía
El coche se detuvo frente a la casa que una vez llamé hogar.
Me quedé sentada allí por unos segundos sin moverme, con los dedos aún aferrados con fuerza a mi bolso. Mi corazón ya no latía rápido como antes… ahora era lento, pesado, como si cada latido cargara algo doloroso consigo.
Este lugar…
Había pasado mucho tiempo.
Después de casarme, dejé de venir aquí. A Juan no le gustaba. Decía que una mujer casada debía quedarse en la casa de su esposo, no volver a su vida anterior.
Y yo lo escuché.
Como siempre.
Empujé la puerta y bajé del coche. El aire aquí se sentía diferente. Silencioso. Quieto. Como si el tiempo hubiera estado esperando a que regresara.
Cuando abrí la puerta y entré, un olor suave me recibió. No era desagradable. Era solo… viejo. Intacto. Como recuerdos que habían sido abandonados.
Cerré la puerta lentamente y me quedé allí de pie.
Sin voces, sin tensión, sin nadie juzgándome.
Solo silencio.
Solté un largo suspiro que no sabía que estaba reteniendo.
Mis ojos recorrieron la habitación. Todo estaba casi igual que cuando me fui. La pequeña mesa. El viejo sofá. La esquina donde solía sentarme durante horas.
Antes… yo tenía sueños. Sueños grandes.
Caminé lentamente hacia la habitación y dejé mi bolso sobre la cama. Mi cuerpo estaba cansado, pero mi mente no podía descansar. Había demasiado dentro de mí. Dolor. Recuerdos. Y ahora… un hijo.
Mi mano bajó suavemente hacia mi vientre.
—Estaremos bien —susurré con suavidad—. Yo cuidaré de nosotros.
Pero incluso mientras lo decía, mi voz tembló.
Porque no sabía cómo.
Me giré y miré la habitación otra vez, y mis ojos se detuvieron de repente en algo cerca del estante.
Una caja.
Mi corazón dio un salto.
Caminé lentamente hacia ella y me arrodillé. Mis dedos dudaron un momento antes de abrirla.
Dentro estaban mis cosas antiguas.
Mis cuadernos.
Mis dibujos.
Mis sueños.
Mi pecho se apretó mientras tomaba uno de los cuadernos con cuidado. El polvo lo cubría, pero seguía siendo el mismo.
Lo abrí lentamente.
Y allí estaba.
Los diseños que solía dibujar.
Ropa.
Vestidos hermosos.
Diferentes estilos.
Cada página llena de líneas que alguna vez tracé con amor y emoción.
Mis dedos rozaron uno de los dibujos.
—Antes era tan buena… —susurré.
Las lágrimas llenaron mis ojos sin avisar.
Lo recordé todo.
Las noches en las que me quedaba despierta solo para terminar un diseño.
La alegría que sentía al crear algo nuevo.
La forma en que mi corazón se sentía vivo.
Y entonces recordé otra cosa.
La voz de Juan.
—No necesitas eso. Quédate en casa. Cuida del hogar.
—Ahora eres mi esposa. Eso es suficiente.
Y yo lo escuché.
Cerré el cuaderno lentamente, pero mis manos temblaban.
—Dejé mi sueño… —dije en voz baja, con la voz rota—. Lo dejé todo… por él.
Una lágrima cayó sobre la página.
Luego otra. Y otra.
Abracé el cuaderno contra mi pecho y lloré en silencio, no fuerte, no como antes. Esto era diferente… más profundo.
Porque esta vez no lloraba solo por él.
Lloraba por mí.
Por la chica que solía ser.
Después de un rato, me limpié las lágrimas y volví a abrir la caja. Otro cuaderno, más delgado, más suave.
Lo abrí lentamente.
Y me quedé congelada.
En la primera página…
Había un dibujo.
Simple.
Pero lleno de esperanza.
Una mujer, un hombre a su lado. Y tres niños. Una familia pequeña, feliz, tranquila y completa.
Se me cortó la respiración.
Lo miré durante mucho tiempo, sin poder moverme.
—Yo dibujé esto… —susurré.
Mis dedos temblaron al tocar la página.
En aquel entonces, ni siquiera conocía a Juan.
No conocía el dolor. No conocía lo que era suplicar amor. Solo conocía la esperanza.
—Yo quería esto… —mi voz se rompió por completo—. Quería una familia… quería amor… quería paz…
Mis hombros comenzaron a temblar.
Las lágrimas cayeron libremente sobre el dibujo.
—Pero recibí otra cosa…
Apreté el cuaderno contra mi pecho y lloré.
Esta vez no me detuve.
Porque lo necesitaba.
Necesitaba soltarlo todo.
El amor que di. Los sueños que perdí. La vida que pensé que tendría.
Después de un largo rato, mi llanto fue disminuyendo. Mi respiración era irregular, pero más calmada. Mis ojos estaban hinchados, pero más claros.
Volví a mirar el dibujo.
Y lentamente… mi mano bajó a mi vientre.
—Puede que ya no tenga esa vida… —dije suavemente.
—Pero aún tengo algo.
Respiré hondo.
—Te tengo a ti.
Por primera vez desde que todo ocurrió, algo dentro de mí se sintió fuerte.
No feliz. No curada.
Pero fuerte.
—No me perderé otra vez —susurré.
—No sacrificaré mi vida por alguien que no ve mi valor.
Miré los diseños a mi lado.
Luego el dibujo. Luego mi vientre.
—Necesito trabajar.
—Necesito ser independiente.
—Necesito dinero… para cuidar de mi hijo y de mí.
Me limpié las lágrimas lentamente y me incorporé.
—Estoy lista ahora —susurré.
—Lista para volver a ser quien era.
No por Juan.
No por nadie.
Sino por mí… y por la vida que crece dentro de mí.
Y en esa habitación silenciosa, rodeada de los sueños que una vez abandonó…
Sofía se eligió a sí misma.
Por primera vez.







