Al mismo tiempo, la mañana en la mansión transcurría sumida en una densa calma. Alejandro se preparaba a toda prisa para salir hacia la corporación, retrasado por una cadena de llamadas ejecutivas que amenazaban con arruinar su agenda matutina. Abrumado por la presión laboral y con la mente puesta en los contratos navieros, caminó a paso veloz por el corredor de la recámara principal y empujó la puerta del baño privado sin molestarse en tocar, buscando lavarse el rostro para despejar la pesadez