Malú jugaba con los niños del pueblo a lanzar piedras al río. Sonreía con los pequeños, y así no pensaba en los sucesos que la atormentaban.
—Hola, cariño —susurró la voz de un hombre, que la tomó de la cintura. —¿Me extrañaste? —indagó.
Malú volvió a percibir esa extraña sensación de aversión hacia su esposo, inhaló profundo, fingió sonreír.
—Claro, solo que no avisaste qué vendrías —comunicó.
—Parece que no te da gusto verme —reclamó él, sintiéndose ofendido.
Malú se aclaró la garganta.
—Las