Al día siguiente: Mafer descansaba con tranquilidad en los fuertes brazos de Eduardo, él fue el primero en abrir los ojos, la contempló, estaba serena, apacible, entonces suspiró al recordar lo que había confesado horas antes.
Eduardo con delicadeza le retiró varios machones que cubrían una de sus mejillas, entonces ella se removió, abrió sus ojos de golpe, y se encontró con los de él, la cabeza le dio vueltas.
—¡Ay no! ¡Ay no! ¿Dime que no me sacrificaste? —Se llevó la mano a la frente.
Edu