La mirada de Abel se oscureció por completo, la observó con infinito deseo. Malú sonrió se recargó en el vano de la puerta, le guiñó un ojo, y se mojó los labios con sensualidad, observó que él solo estaba puesto un chándal, y no llevaba camiseta, suspiró profundo, lo barrió con la vista, contempló esa espalda ancha, y su firme pectoral.
—¿No piensas saludarme? —indagó ella, y caminó con sensualidad hacia él.
—Me has robado hasta el aliento —contestó Abel, se aproximó a ella, la tomó de la ci