Eduardo llegó hasta las instalaciones del consorcio colombiano de café: Alma mía. Justo cuando colocó su dedo para pulsar el botón del elevador, los frágiles dedos de una mujer hicieron lo mismo.
—Huele a azufre —musitó ella, y lo observó irguiendo la barbilla.
—¿Será tu perfume? —indagó él, y la miró de pies a cabeza—, dicen que el diablo se disfraza de mujer, y de las más bellas, como tú.
Mafer apretó los labios, y resopló.
—¿Qué haces en mi empresa? ¿Cómo te atreves a venir? —rugió furio