Quiero el divorcio.
—Anaís, qué floja eres —se quejó Rafael.
—Ahora resulta que la floja soy yo.
—Mira este desorden, arregla esta casa.
—¿Por qué no ayudas en vez de mandar?
—Yo trabajo, tú no, tienes que hacerlo, eso te toca a ti, eres la mujer.
Anaís se molestó y salió de la casa.
—¡Anaís! ¡Anaís!
Ella había empezado a ver qué daba más de lo que recibía, por lo que decidió no esclavizarse tanto en los quehaceres del hogar, obviamente esto trajo consigo quejas de parte de su esposo y la familia de él. Pero ya el