Desayuno de hermanos.
Kelvin entró en la cocina, y el aroma del café recién hecho llenó el aire. Noemí, con una espátula en la mano, se giró hacia él. La luz de la mañana se filtraba por la ventana, tiñendo la habitación de un suave tono dorado.
—Buenos días, mocosa —dijo Kelvin, arrastrando las palabras como si cada sílaba le costara un esfuerzo sobrehumano.
—Buen día, gruñón —respondió Noemí con una sonrisa, sus ojos chispeantes, desafiando la seriedad de su hermano.
El chirriar de una silla al moverse resonó en l