Me despierto, con los ojos aún entrecerrados y una cierta dosis de somnolencia que se niega a abandonarme. A mi lado, Dana comienza a desperezarse lentamente. La luz que se filtra a través de las cortinas ofrece un tenue resplandor, un recordatorio de que el día ha avanzado sin nosotras. Intento levantarme de la cama, pero en cuanto mis pies tocan el suelo, una extraña sensación me invade; el piso parece moverse en todas direcciones, como si estuviera sobre aguas turbulentas. La marejada de con