Al despertar, me encontré tendida en mi cama, con Dana sujetando suavemente mi mano. Su rostro reflejaba una profunda preocupación, y a mi lado estaba Elena, quien sosténía un vaso de agua. La imagen de ambas en ese momento me parecía irreal.
-Toma, mi niña. Es agua con azúcar. Te estabilizará un poco -me dijo Elena, su voz suave como un murmullo de aliento reconfortante.
Con dificultad, traté de incorporarme y le pregunté:
-¿Qué me pasó?
Elena bajó la mirada, como si las palabras que estaba a