Era temprano en la mañana cuando comenzamos a empacar nuestras cosas para regresar a casa. Papá nos había ofrecido quedarnos una semana más, o incluso dos, pero tanto Dana como yo sabíamos que lo mejor era regresar. La idea de pasar más tiempo en aquel hotel cerca de la playa, donde cada rincón traía consigo recuerdos imborrables de mamá, nos resultaba difícil de aceptar. La nostalgia pesaba sobre nuestras almas como un manto oscuro.
Al llegar a casa, comenzamos a deshacer las maletas y ordenar