Gabriela levantó la mirada, recordando. “Directora”, respondió en señas, y, alzando una ceja, añadió: “A veces, en tono de juego, también la llamaba Colomba, como cualquier niña traviesa que busca provocar”.
Recordó aquellos momentos en que Colomba, de buen humor, fingía reprenderla: “¡Ay, mocosa! ¡Soy tu madre!
Cristóbal la miró, como si buscara confirmar un detalle importante.
—Entonces… nunca llegaste a llamarla “mamá” de verdad, ¿cierto? —preguntó con cuidado.
Gabriela negó lentamente con la