333. LA HORMONA DE LA FELICIDAD
MINETTI:
Lilian se abrazó de mí, besándome apasionadamente, pero no dejé que lo profundizara. Porque con ese gesto, de nada me había servido todo mi esfuerzo; mi cuerpo reaccionó y volví a atraparla, besándola con desespero, mientras la estrechaba con ansias contra mi cuerpo. La voz de Rufo vino en mi auxilio.
—¿Pueden dejarme a solas con Alessandro? Vayan a hacer eso que quiere Migue y después vayan para la casa; lo probaremos juntos —les pidió, para mi alivio, Rufo—. Promételo, Migue.
—Te lo