ARES BECKETT
Unos cuarenta minutos después, la puerta de la habitación se abrió de forma brusca. Valentina entró jadeando, con el cabello alborotado y los ojos rojos de tanto llorar. Corrió directo al borde de la cama, ignorando por completo mi presencia, y se llevó las manos a la boca al ver el vendaje en la frente de Rubi y la palidez de su rostro.
— Rubi... Dios mío...
A pesar de detestar compartir el espacio de mi esposa con cualquier rival, entendí que la chica necesitaba ese momento. Me l