RUBI MONTENEGRO
La silla que pertenecía a Ares era inmensa para mí, pero me estaba acostumbrando rápidamente a ocupar ese espacio. El escritorio de la oficina principal de Beckett Industries estaba cubierto de reportes, gráficas y tazas de café vacías, pero mi mente seguía en la habitación del hospital donde dejé a mi marido hace unas horas.
El sonido de mi celular personal llamó mi atención.
Miré la pantalla. Era una llamada de un número desconocido, con un código que rápidamente reconocí como