Loredana soltó una carcajada cuando Paolo la levantó en brazos. Parecía que su única misión era impedir que hiciera cualquier tipo de esfuerzo. No es que se quejara, por el contrario, estaba disfrutándolo bastante.
—Me vas a malacostumbrar si sigues así.
—Esa es la idea.
—Pero no es necesario que me cargues, puedo caminar.
—Lo sé —dijo él sin detenerse. No parecía interesado en las miradas divertidas que le lanzaban sus hermanas. Para sus cuñados, sin embargo, no parecía nada fuera de lo común.