De no ser porque quería deshacerse de Paolo con rapidez, jamás habría dejado que Aurelio la acompañara hasta su casa. Aunque quizás esa no había sido una decisión inteligente.
—Deberías irte —dijo tan pronto Aurelio dejó su maleta en uno de los sofás—. Puedo hacerme cargo desde aquí.
—¿Por qué él te trajo a casa?
Intentó no perder la paciencia ante el tono de reproche en su voz.
—Si es que acaso no te has dado cuenta, mi pie esta lesionado. Y aunque ya no se siente tan mal como antes, pref