Lizbeth
—Cariño, tienes que comer—la voz de mi madre sigue siendo triste—llevas una semana sin comer más de dos cucharadas, no hagas esto más difícil Beth.
No quiero comer, no sé por qué tendría que hacerlo si lo he perdido todo, me hundo un poco más en la sábana del hospital mientras intento ignorar el dolor que quema mi cuerpo. Dios, debería haber muerto cuando caí de ese acantilado.
Mi cabeza duele, mi garganta se siente seca y cierro mis ojos cuando el sudor comienza a deslizarse por mi esp