—No quiero ir. No tengo ánimos—murmuró Ashley esa mañana, al recordar las palabras del asistente de su padre.
—Debes hacerlo—le dijo Angelo tratando de alentarla.
—Lo sé—admitió, sabía que tenía que ir. Era inevitable—. Pero tengo miedo de lo que pueda encontrarme.
—¿A qué te refieres?
—No sé qué pueda decir ese testamento. Me aterra que… que sean palabras hirientes.
—Ashley, te aseguro que no se trata de nada de eso. Eran tus padres y te amaban—trato de brindarle aliento.
—Es que, la últi