Me quedé acostada... en agonía.
—¡Ayuda! —gemí por milésima vez, pero esta vez mí voz no era más que un susurro.
En la madrugada por fin había logrado adormecerme, pero cuando desperté estaba sudando y toda la celda está llena por una bola de humo, fue entonces cuando me di cuenta que se estaba incendiando los calabozos.
Grite por ayuda, pero, no hubo respuesta de ninguna alma.
Mis ojos estaban hinchados y mi cuerpo ardía por el intenso e insoportable dolor.
Era un nuevo día, el día en que Lar