¡No estoy a la venta!, señor prepotente
¡No estoy a la venta!, señor prepotente
Por: Juliana Chick
La chica de la limpieza

―¿Ya te vas? ―pregunta mamá al verme poniéndome la chaqueta sobre mi uniforme de mucama. 

―Sí, ya voy tarde. 

Siempre suelo madrugar, pero esta vez no quería levantarme. Quizás es porque ya es viernes y el cansancio empieza a ser mella en mi cuerpo.

―Nunca vas tarde, cariño ―me dice con amabilidad mientras me ayuda a anudar la bufanda.

El clima ha estado bastante frío últimamente, porque el otoño se está despidiendo. Pronto será invierno y llegará otra… Navidad. Sonrío ante sus palabras. 

―¿Te tomaste la medicina? ―le pregunto, no es bueno para su salud que se la salte. 

―Sí, y ya puse una alarma para la siguiente ―me informa haciendo una mueca como si fuera una niña. 

―¿Y Anna?

Ella es mi descarriada hermana menor. 

―Ya se fue a sus clases. 

―Entonces me voy. ¡No olvides comer! 

―Tú tampoco ―me advierte y yo le sonrío. 

Me despido después de darle un beso en la mejilla y me apresuro hacia el garaje por mi Vespa.  Comprar un auto resultaba demasiado costoso, pero vale la pena tenerla, además la adoro porque es bastante cómoda para manejar.

Mamá me observa desde la ventana del segundo , siempre se queda allí hasta que me ve partir cada mañana. Nuestra casa es la única propiedad que nos quedó tras la muerte de mi padre, y al menos tenemos un lugar donde vivir, y no quedamos en la calle por completo.

Llego a tiempo a pesar del retraso; el edificio de la agencia de limpieza para la que trabajo en las mañanas no está muy lejos, el tráfico fue soportable gracias a que aprovecho todos los huecos entre los autos para avanzar más rápido. 

La agencia se llama Cleaning Housecare. No fue fácil habituarme al principio, pero con el tiempo ya me he acostumbrado; además, es un ingreso extra que me ayuda a cubrir los gastos del hogar, las medicinas de mamá y la universidad de mi hermana Anna, quien, a pesar de los beneficios que recibe por solo tener que dedicarse a estudiar, solo piensa que es un trabajo denigrante. 

Mamá al principio no estuvo de acuerdo, pero la mejoría en nuestra situación le hizo cambiar de opinión y mi hermana tuvo que resignarse y aceptar que trabajo como chica de limpieza. Solo en las mañanas, porque en la tarde me pongo el delantal de camarera en una cafetería, en mi segundo trabajo.

Todo es agotador y el trabajo es arduo; también es cierto que he dejado mis sueños de lado, pero no puedo quedarme sentada o lamentarme porque ya no somos unas niñas ricas. Tengo que continuar

Estaciono mi moto y me apresuro a entrar a los vestuarios a dejar mis cosas y salir con mi uniforme. Voy directo a la oficina de Jessica, la jefa de mucamas. De camino saludo a las chicas que ya han llegado y me doy prisa por marcar mi entrada. 

―Llegando temprano como siempre ―me dice Georgia.

Ella es una de las pocas compañeras con las que tengo más amistad. Es casi de mi edad y es una morena muy alegre. La otra es Jenna, pero ella es la mayor de todas y la que más tiempo lleva en la agencia.

Jenna es una mujer muy agradable que siempre nos cuenta sus anécdotas, animándonos y dándonos consejos para hacer bien el trabajo, en los lugares que nos asignan para limpiar todo y dejarlo impecable. 

―¿Jenna no ha llegado? ―pregunta, mirando que su tarjeta de entrada está sin marcar. 

―Parece que no ―contesto y ella se encoge de hombros. 

―Es raro, siempre es tan puntual. 

―Seguro ―corroboro mientras terminamos de marcar nuestras tarjetas de entrada. 

Ambas caminamos hacia la oficina y Georgia hace el honor de tocar la puerta. 

―Hola, chicas ―nos dice la jefa apenas mirándonos de reojo mientras teclea apurada en su computadora y revisa su teléfono con cara de preocupación. 

―Buenos días, señora Harmon ―digo y ella nos regala una sonrisa apretada, ajustándose la montura de sus lentes. 

―Tengo un asunto y necesito que alguna de ustedes me ayude con ello ―suelta.

Georgia y yo nos miramos porque es señal de que algo ocurre y me hace señas para que conteste. 

―Sí, claro. 

Me adelanto a su escritorio

―Jenna no vendrá esta semana y necesito que alguna de ustedes dos la cubra hoy. 

―¿Le pasó algo? ―pregunto de inmediato, ya que el viernes que me despedí de ella estaba en perfecto estado. 

―Sí, tuvo un accidente doméstico y estará incapacitada toda la semana ―informa. Georgia y yo nos miramos otra vez―. Po eso he reorganizado el calendario de limpieza, pero tengo un nuevo pedido de servicio, así que, a falta de Jenna, alguna de ustedes debe tomarlo. 

Georgia me codea y me hace entender que no quiere aceptar el trabajo extra. 

―Si claro, yo lo haré ―me ofrezco sin más remedio, aunque eso implicará tomar tres horas más de mi horario. 

«Pero es dinero extra», me digo para animarme porque podré reunir rápido la siguiente matricula de Anna.

―Perfecto, sabía que podía contar contigo, Emma ―responde, luego toma una tarjeta donde anota unos datos y me la extiende―. Esta es la dirección, y es allí donde irás en primer lugar al que irás. Ya he avisado del retraso en tu siguiente turno.

No me sorprende, estoy segura de que ya sospechaba que yo sería la que lo tomaría. 

―De acuerdo ―digo al tomar la tarjeta.

De reojo miro que la dirección y está en una zona muy al norte de la ciudad que no he visitado.  Salimos de la oficina de Jessica y nos dirigimos a prepararnos. 

―Lo siento, Emma, no es que no quisiera aceptarlo, pero hoy no tengo auto y a ti te queda más fácil ir en tu Vespa. 

―No te preocupes y es mejor que me vaya; el cliente ha especificado que llegue con urgencia. 

―Vale, nos vemos más tarde.

Le guiño el ojo con una sonrisa y me apresuro a calcular la dirección a tomar en mi mapa. Me pongo en marcha y al principio me cuesta un poco encontrarla, el barrio al que llego es bastante lujoso.

Después de estacionar y comprobar que estoy frente al edificio Excelsior Ph, reviso el reverso de la tarjeta; el nombre de la persona que solicitó el servicio de limpieza es Alexander Rothschild. Su apellido me resulta inquietante, y no me agrada porque me trae malos recuerdos. Así se apellidaba el hombre que arruinó a mi padre.

Sacudo mi cabeza; «no debe ser el mismo», me digo para no amargarme. Levanto la vista y el edificio se erige alto e imponente. Su piso está el ático, y sin duda debe ser alguien muy rico.  Las personas que piden estos servicios suelen serlo; no debería sorprenderme.

Ingreso al lugar y me anuncio en la recepción. Proporciono mis datos y el hombre me hace esperar porque no estoy en el registro de visitas y aparece el nombre de Jenna. Después de corroborar el cambio llama al piso, pero no le contestan. Como el dueño dejó claro que estaba esperando a la señora de la limpieza finalmente, me permite pasar.

El ascensor sube directo a la puerta del ático que ocupa todo el espacio. Toco el timbre y aguardo a que me abran la puerta, y sucede lo que me temo, nadie responde. Maldigo para mis adentros porque eso implica que el trabajo se alargará más de lo debido.

Sin embargo, el cielo escucha mi ruego y la puerta se abre; pero mi sorpresa es enorme al ver que quien abre es una chica vistiendo nada más una diminuta ropa interior roja que no deja mucho a la imaginación, y llevando botella de agua en la mano. 

Me quedo estupefacta pensando en qué clase de viejo pervertido millonario vive aquí.

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