—No me hagas esto, Elizabeth —gruñó, mirándome fijamente.
—Entonces no me mires —respondí, simple.
—Más fácil sería prenderle fuego al agua.
—Espera aquí.
Tomé ropa del armario y volví al baño para vestirme. Elegí un atuendo completamente negro, que combiné con una gabardina roja. Al salir del baño, recogí mi cabello en un moño y me maquillé.
—¿Crees que a tu madre le guste mi manera de vestir? —me miré en el espejo.
—Da igual lo que piense. Además, ¿cómo podría no gustarle? Estás preciosa.
Me