—¿Quieres bailar, Elizabeth? —Henrik extendió su mano hacia mí.
Elevé una ceja, todavía molesta. Pero a pesar de todo, quería bailar, y había aceptado las condiciones de este acuerdo. No tenía derecho a quejarme.
—Está bien —respondí, sin demasiado entusiasmo.
Nos dirigimos al centro de la pista. Apenas pasé mi brazo sobre su hombro, él envolvió mi cintura con firmeza, atrayéndome contra su cuerpo. Su cercanía me inquietaba, pero no aparté la mirada. Nuestros ojos se encontraron mientras comenz