31. Gime para mí.
Esa noche, por fin sería completamente suya.
Robert lo sabía con certeza mientras terminaba de desnudarse, y luego la desnudaba a ella. Se acomodó entre sus piernas, mirándola a los ojos.
La belleza de esa mirada lo enloquecía aún más, haciéndolo adicto y a la vez esclavo de sus deseos.
Ella se aferró a él, atrayéndolo, envolviéndolo con sus piernas para mantenerlo cerca. Estaba nerviosa, habían jugado al gato y al ratón, se habían besado e incluso, después de ese masaje, casi llegaron a algo