129. Te juro que te disparo.
Los gritos de Sophie y James resonaban por la casa en lo que parecía una batalla campal que llegó hasta los oídos de los bebés, haciéndolos llorar.
Shirley, quien se había quedado a dormir esa noche en la habitación con los niños, no podía seguir ignorando el escándalo. Salió de la habitación para ver qué ocurría. El amor que antes sentía por James se había convertido en miedo, a pesar de seguir siendo su amante por conveniencia y, en cierto modo, para proteger a Sophie y a los niños, a quienes