A Dante le llevó un par de minutos reaccionar ¡Hasta los dedos tenía tensos!
- ¿Por qué? – le preguntó con la garganta seca y la voz más áspera.
- ¿Estás loco?
Tratando de fingir una serenidad que no tenía, Dante se acomodó en su silla.
Reclinado detrás del enorme escritorio, con la camisa azul desprendida, los abdominales contraídos y la luz del sol bañando su torso entero, Dante parecía un rey sentado sobre toda su gloria.
Lara tragó saliva con dificultad y se acomodó su ropa.
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