Dulcinea, con lágrimas asomando en sus ojos, respondió:
—Luis, no importa lo que digas ahora, ya es inútil. Todos conocemos la historia del lobo y los tres cerditos, ¿verdad?
Tomó el picaporte de la puerta y continuó:—Déjame salir. Le prometí a Leonardo que le llevaría un pastel. Está esperando en casa y no se dormirá hasta que yo regrese.
Luis tragó saliva, consciente de lo que significaban sus palabras.
Si no la dejaba ir, no solo sería un mal esposo, sino también un mal padre.
Finalmente, la