Dulcinea parpadeó.
Temía haber oído mal y con voz ronca dijo:
—Luis... repítelo.
—¿Podemos intercambiar esto por su vida?
Apenas había terminado de hablar, cuando una bofetada resonante se estrelló contra su rostro.
Dulcinea había puesto toda su fuerza en ese golpe, y su mano le dolía mientras el zumbido llenaba los oídos de Luis.
El entorno parecía haber quedado en silencio, solo se oían sus respiraciones agitadas.
Dulcinea casi perdió la voz.
Después de un rato, la recuperó:
—Luis Fernández, ¡