Cada palabra de Ana estaba teñida de sarcasmo.
Alberto, que usualmente se mantenía impasible, se vio afectado. Las palabras que nunca deberían haber sido pronunciadas se le escaparon:
—¡Sabes bien que me gustas!
El ambiente se tensó, y el silencio que siguió fue tan pesado como la muerte misma.
Alberto experimentó unos segundos de arrepentimiento, pero siendo abogado, su pragmatismo prevaleció. Habiendo ya hablado, decidió llevar las cosas hasta el final.
Clavó su mirada en Ana:
—¿Sigues esper