Sus corazones se agitaban como mareas tumultuosas. Incluso en sus momentos más intensos, nunca se habían sentido tan conmovidos como ahora. Las lágrimas en los ojos de Ana, cargadas de todo el amor y resentimiento que alguna vez sintió por él, caían reluctantes, una tras otra. Mario las recogía con sus besos, su voz ronca y quebrada:
—Todavía me odias, ¿verdad? Aunque me amas, ¿cierto?
Ana desvió la mirada. Evitaba responder. Su silencio hizo que Mario insistiera más, buscando desesperadamente e