86. Sin tenerlo
Son sus palabras un clavo en su pecho.
—¿Qué odio estar junto a ti? —devuelve, adolorida—. ¿Estás escuchándote?
—Entonces ¿Por qué te alejas de mí?
Maya balbucea. Y toma una inmensa respiración en cuanto puede entender la gravedad de las palabras que está a punto de decir. No puede contenerse. Tiene que cesar el tumulto de lágrimas para fingir que esto no le afecta.
—Diana vino a mí.
Se mojas los labios. Lo suelta. Le deja saber. Ya no puede cargar con esto.
—Vino para decirme sólo una cosa.