Tiró el ordenador sobre el sofá y cerró los ojos. No podía creerlo… Sergio había matado a esa mujer, la había torturado hasta la muerte. Ahora entendía por qué se resistía a contárselo.
Las lágrimas asomaron a sus ojos y se echó a llorar, negándose a creer lo que acababa de leer. Era imposible. No podía ser verdad, ese hombre horrible no era él, no era Sergio, su Sergio, considerado, tierno y cariñoso…
Pero sí lo era. O al menos lo había sido.
El llanto le hizo bien. Se fue calmando poco a poco