Laura abrió los ojos y miró el despertador. Eran las seis, ¡qué bien! Aún le quedaba una hora en la camita. Iba a cerrar otra vez los ojos para seguir durmiendo cuando se dio cuenta de que Sergio no estaba. La escena le recordó la de la noche pasada y, sin apenas darse cuenta de lo que hacía, se levantó y salió al pasillo. Esta vez no se veía ninguna luz desde el salón. Siguió avanzando. Aún no había amanecido, pero la noche era clara y los amplios ventanales del salón, sin cortinas y con la pe