Qué extraño, pensó desconcertado al sentir un tenue roce recorriendo sus muslos. Se incorporó apoyándose en los codos y bajó la mirada para observar aturdido a un diminuto pingüino de poco más de un par de centímetros de altura caminar tambaleante sobre su piel. Carraspeó perplejo y la pequeña ave le picó. Fue un picotazo ligero, casi un mordisco.
—¿Qué…? —Abrió los ojos sobresaltado por el etéreo dolor mezclado con placer que sintió en la ingle.
—Buenas tardes, Bello Durmiente —le saludó la vo