Ninguna de las personas que estaban en el restaurante habían visto, ni volverían a ver jamás, a alguien abonar una cuenta con tanto orgullo y satisfacción reflejados en sus rasgos ni con una sonrisa tan sincera y digna.
—Bueno, bueno, muchacho, vamos a la peluquería y te invito a un café —instó Román dándole una palmada en la espalda.
—¿Otro? Me va a dar un telele como tome más cafeína —bromeó—. No, gracias. Voy a ver si encuentro un hotel, dejo la mochila, me pego una buena ducha y duermo un r