Un par de semanas después, el mismo hombre volvió a entrar en la pequeña tienda. Nuria lo miró con mala cara, mientras su abuela Dolores le sonrió amablemente.
—Buenos días, señoras —saludó educadamente quitándose el gorro y comenzando a arrugarlo entre los dedos—. ¿Necesita que le haga algún recado? —preguntó dirigiéndose a la anciana.
—Pues sí —respondió la abuela ante la mirada estupefacta de su nieta—. Me vienes de maravilla en este instante. Tenía que haber llevado hace días esta caja a la