La habitación estaba inundada de luz cuando Laura abrió los ojos. Algunas velas se habían consumido y otras lucían sin impulso, apagado su brillo por la luz del sol. Era una mañana luminosa, una de esas mañanas de domingo que ella tanto disfrutaba.
Sergio aún dormía a su lado. Lo besó. Él abrió los ojos y con la voz ronca por el sueño dijo:
—Te quiero.
—¿Qué dices? —lo miró con los ojos como platos.
—Lo que ya sabes, aunque no te lo haya dicho hasta ahora. Te quiero.
—Yo también a ti.
Era la pr