—¡Mierda!
Los ojos de Vanessa se abrieron de golpe cuando el reloj digital brilló en rojo neón marcando las 7:14 a. m. Se incorporó de un salto; las sábanas de seda se deslizaron por su pecho mientras la adrenalina reemplazaba violentamente el sueño. Llegaba tarde. Llegaba jodidamente tarde.
A su lado, un gruñido bajo y ronco hizo vibrar el colchón. Sawyer se movió, estirando su enorme brazo tatuado a ciegas para arrastrarla de nuevo al calor de la cama. Vanessa se congeló, con el corazón mart